Primero, respira. Aquí no hay liturgia que valga. Solo un par de cosas que merece la pena saber para que cada loncha de jamón de bellota sea tan buena como la primera.
Antes de empezarlo, guárdalo en un lugar fresco y seco, entre 15 y 19°C, suspendido o sobre un soporte.
Cuando lo abras, reserva los trozos de grasa blanca, no la amarilla. Esa grasa es tu aliada: cubre la zona cortada con ella, un poco de papel de horno y un paño. Así frenas el resecado y cada degustación sabe como tiene que saber.
Para el corte: cuchillo largo, fino y bien afilado. Lonchas de 1 a 2 mm, empezando por la maza (la parte más ancha y jugosa de la pieza) y avanzando hacia las zonas más grasas para equilibrar jugosidad e intensidad. Cada loncha de jamón pata negra debe mostrar veteado nítido, sello de la alimentación con bellotas durante la montanera. Corta solo lo que vayas a comer, el aromas y textura te lo agradecerán. Pero sin miedo, no te quedes con ganas.
El jamón entero, pata trasera, es más grande y más fácil de cortar. La paleta ibérica, pata delantera, más pequeña y con huesos más delicados de esquivar. Dos piezas distintas, el mismo mimo.